En la docencia actual ya no basta con limitarse a transmitir información de memoria, siendo que la enseñanza va mucho más allá de eso. Hoy se necesita un docente creativo, alguien capaz de diseñar experiencias que inviten a pensar de manera original y que, al mismo tiempo, fomenten la innovación. Y es que el objetivo no es que los estudiantes repitan fórmulas como si fueran máquinas, sino que aprendan a interpretar cada error como un motor de aprendizaje y, en otro caso, como una oportunidad para repensar sus propios caminos.
Un docente con esta visión no se queda en evaluar lo que el estudiante recuerda, sino que observa la originalidad de sus respuestas, la manera en que combina ideas y la capacidad de ver el problema desde ángulos distintos. Como bien menciona Zayas, este perfil requiere intuición, pensamiento lateral para salir de la lógica convencional y, además, mucha perseverancia, debido a que el camino del aprendizaje suele estar lleno de tropiezos, dudas y cambios constantes.
Ahora bien, esta propuesta está muy en línea con lo que defendía Paulo Freire. Para él, el docente creativo es también un docente liberador, alguien que no acepta la llamada “educación bancaria”, donde el conocimiento se deposita en los estudiantes de forma pasiva. En otro caso, lo que plantea Freire es una educación dialógica, donde enseñar significa investigar junto con los estudiantes, construyendo saberes en común. La creatividad aquí se refleja en la capacidad del docente para problematizar la realidad, presentando los contenidos no como verdades cerradas, sino como temas generadores que invitan a la reflexión crítica y a la acción transformadora. Esto, inclusive, es clave para la formación de ingenieros que no solo dominen lo técnico, sino que también se reconozcan como sujetos activos capaces de transformar su entorno.
Sin embargo, este ideal se encuentra con obstáculos bastante evidentes. Y es que la realidad educativa está atravesada por programas extensos que se deben cubrir a contrarreloj, por cargas administrativas que consumen tiempo valioso y por una presión constante hacia los resultados medibles. Todo esto, sin querer, refuerza la misma lógica de la educación bancaria. A eso se suma la carencia de infraestructura para la experimentación o el prototipado, lo cual limita que la reflexión crítica se traduzca en acciones reales. El docente, en este escenario, tiene que desplegar una creatividad resiliente para equilibrar las demandas burocráticas con la necesidad de cultivar pensamiento divergente en sus estudiantes.
En el ámbito profesional de la ingeniería, el docente creativo cumple además un rol de síntesis. No se trata únicamente de transmitir contenidos, sino de integrar conocimientos transversales y de plantear retos que obliguen al estudiante a unir diferentes principios para resolver problemas de manera funcional. Y siguiendo la inspiración de Freire, esos retos no deben enfocarse solo en la eficiencia técnica, sino también en cuestionar las dimensiones éticas y sociales de lo que se construye. Esto exige, debido a su complejidad, una didáctica que logre simplificar sin perder autenticidad, facilitando que los estudiantes se enfrenten a desafíos reales.
El propósito último no es solo formar profesionales capaces de dominar herramientas de última generación, sino que, en otro caso, puedan autoformarse, adaptarse y responder a un sector que cambia todos los días. En definitiva, el docente creativo en ingeniería se convierte en un puente entre la innovación pedagógica de Zayas y la pedagogía liberadora de Freire. Así, logra formar profesionales originales, críticos y con la responsabilidad ética de diseñar un futuro que tenga sentido no solo desde lo técnico, sino también desde lo humano.
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